¿Por qué pregunto tanto?
¡la pregunta! ¡la pregunta! esa era la respuesta.
sábado, 31 de marzo de 2012
sábado, 15 de octubre de 2011
Cálida ceniza III. (Por fin mi poema queda como sigue)
Cálida ceniza de un cigarrillo que se consume melancólico,
Que dibuja ideas, en humo imposible.
Profana sombra de un viajero sentado al margen de la ventana,
donde al fín se dejó sentir su mundo y su memoria.
De aquel que supo tras todas esas iglesias visitadas,
como amable se despide de ellas,
aún, en ese instante, y en otra ciudad,
el visitante se dejó llevar por la última derrota,
la última bala perdida, y en su corazón,
la vida.
sábado, 1 de octubre de 2011
Billete de dos mil pesetas. Juan Ramón Jiménez.
¡Allá va el olor de la rosa! ¡Atrápala en tu corazón!
viernes, 30 de septiembre de 2011
Equívoco II: ¡ábridme, cabrones!
Tal vez estuviera un poco aturdido aquella noche que llegando a su casa tocara el timbre, y no había más que silencio. Una pausa inesperada que le dejó en una posición extraña. Estaba en su casa. No tenía llaves. Nadie abría la puerta. En la casa, se su pone, aguardaban a abrirle dos personas, la una su amiga, el otro su cuidador.
Él, el minusválido, se había ofrecido a traer alguna cosa de comer del bar de abajo. Con un andar imposible, muestra abstracta de lo que es caminar en una persona, en donde cada extremidad va a su bola, y apenas se sabe cual sería el próximo movimiento.
Pero hoy estaba particularmente feliz, algo le había estimulado hasta el punto de salir con sus propios pies, con dos cojones.
O como en la balada para un loco: mezcla rara de penúltimo linchera, medio melón en la cabeza, y una banderita de taxi ¡libre! En cada mano.
Así que consiguió hacerse entender en aquel bar, que disponía de confitería, y se hizo de una bandeja de empanadillas. Era fácil, sólo tenia que bajar y comprarlas, estaba en el mismo edificio, solo girar a la derecha, ahí estaba el bar-confitería con sus pasteles y sus empanadillas.
Cuando llamó al portero automático le abrieron, luego, con sus manos, llenas de bandeja imposible de llevar, tuvo la independencia de sentirse orgulloso. De sentirse bien. Le habían entendido en el bar de las empanadillas y ahora triunfante subía por el ascensor.
Pero llamando a la puerta nadie le abría, al principio pensó que estarían despistados y debía insistir, pero por muchos esfuerzos que hacía por tocar el timbre de la puerta no se sentían pasos, no pasaba nada, sólo un silencio cada vez más incómodo.
Estaba sólo, delante de la puerta, y empezó a pensar que su amiga y su cuidador le estaban jugando una broma de mal gusto. Se puso nervioso. Perdió la paciencia y, como su bandeja de empanadillas le impedía hacer algo más, aporreó la puerta con un pie. Al principio suavemente. Después con rabia.
-¡Abridme, cabrones!
Y después otra vez.
-¡Abridme, cabrones!
Y es que no todo el mundo quiere dejar de ser minusválido en este mundo donde todos somos minusválidos, y despreciamos sin contemplaciones y por miedo cualquier posibilidad.
Con las últimas patadas, al fin, tras la puerta, una voz anciana gritó.
-¡Vallase!, ¡O llamaré a la policía!
Efectivamente, por un descuido, subió al piso equivocado, de pronto se dio cuenta de que era el segundo, como era el segundo su viejo piso, el de toda la vida, el de sus padres, el de toda la vida. No el tercero. Se dio media vuelta y cogió el ascensor.
Todo esto no hubiera sido más que una anécdota, pero al fin y al cabo, no se sabe como, llegó la policía. No se sabe como entraron en su casa, no se sabe cómo, dos chicos del este con presuntos papeles y un minusválido tetrapléjico estaban sometidos a un interrogatorio. La policía investigó el asunto durante una hora:
¿por qué están aquí? ¿Cuál es su domicilio? ¿Quién es el dueño del piso? ¿Alguien ha matado a alguien?
Buscando un delito tal vez, un delito que sin duda cometieron.
Se juntaron dos chicos del este y un paralítico en un piso del que no tenían contrato.
Sólo vale la pena, aunque sea un poco triste, el ver al minusválido levantándose de la silla para decir, con voz atrancada: ¿cree usted que yo podría hacer algún daño a esa mujer?
La policía lo investigó, no tenía antecedentes por atropellar con su silla de ruedas a nadie. Los chicos del este, carecían de antecedentes penales. Eran una familia muy rara.
Dos chcos jóvenes del este y un español minusválido.
Equívoco I: Un extraño elemento en el sujetador
Cuando mamá se levantó y fue a coger su ropa algo muy desagradable había pasado.
Quiso pensar que un mareo ocasional al incorporarse le hacía jugar con su mente, y que sin duda, esa mierda en la copa izquierda de su sujetador era sólo el producto de su malestar.
Y no tuvo más remedio que sentarse, para reconocer sin duda, que una miserable sombra de color marrón se mostraba aún.
Se tumbó definitivamente, pensó que no estaba bien, que tener más de noventa significaba perder quizás la razón, que hasta ahora le hacía no preguntarse cuanto debería vivir. Buen oficio, más allá. Que ahora no, que se le había torcido el entendimiento.
Tumbada en la cama cerró los ojos quince minutos.
Al levantarse la mierda estaba ahí, justo en la copa izquierda del sujetador. Un cuerpo blandengue y marrón.
La ventana estaba abierta. Tal vez fue por eso, algún extraño animal. Vete a saber que mierdas cagan los animales por la noche. No se sabe.
Se levantó. Se sirvió de otra prenda.
Mientras sus hijos ya habían venido, ahora en el salón hablaban de las cosas mundanas, de la crisis, del tiempo, a veces hablaban de todo sin coordinación.
Sólo cuando se fue su hijo mayor, se atrevió a hablar. De porqué estaba en silencio hasta entonces, ahora debían saber el secreto, ahora sabrían el drama donde amaneció, sin entender si estaba perdiendo el juicio. Pero no con su hijo mayor. Le daba vergüenza que supiera que se le iba la cabeza, y quería protegerlo.
-Ahora que se ha ido, tengo que deciros una cosa:
Ha aparecido una mierda en mi sujetador.
Sólo la hija tiene la intuición de que la madre no se vuelve loca de pronto, de que todo tiene una explicación, una que no se sabe cual es.
Por una parte hay que despreciar las cagadas de palomas y de murciélagos, pues son pequeñas, y sólo un perro podría haber hecho algo así.
Pero no hay perro y sólo queda investigar otras posibilidades.
Quizás mamá esté enferma, pero no me lo creo si ayer estaba tan pancha, cenando y riendo, y tomando postre.
Investigado el sujetador, se ve una amplia muestra de lo que en su día fue la mierda.
No hay duda de que algo marrón ha pasado.
De las pruebas que se hicieron con la mierda, resumió con pulcritud, que descubiertos los restos del mismo material en aquella blusa que llevaba ayer en la cena, cuando plácidamente saboreaba aquella Mouse de café, no cabría nada sino mirar a su madre y decirle: No, hoy mamá, no estás loca, es que se te ha caido la Mouse entre el escote.
Porque las tetas caen y el sujetador permanece coqueto en aquellas mujeres imposibles, donde la fantasía y la imaginación siguen vivas cien años.
viernes, 15 de julio de 2011
La perra
Cuando tenía un poco menos que una edad, poco más o menos, adoptamos mi hermano y yo una perra. Precisamente mi padre y mi madre no. Se llamaba Shita, y era según, al parecer de mi hermano, una auténtica y genuina perra-loba procedente de los haskins siberianos. A menudo dudaba de esa afirmación, puesto que comprobé en un libro de historias de perros del norte, que tales perros eran grises y blancos, y esta era marrón y blanca. Tras lo cual mi hermano resolvió que era un cruce de haski siberiano y perra –no-conocida, tal vez pastor alemán, lo cual no le quitaba pedigrí, dado que tenía unas formas perfectas.
Porque Shita en algún idioma, significaba animal fiero o irreductible,
En algún idioma. Y como no había forma de adoptarla como perra la adoptamos como perra-casual. Ella estaba por ahí y nosotros la acariciábamos, hablábamos sobre ella, incluso hablábamos con ella, y esto constituyó una rutina de las tardes cuando ella entraba en ciertos lugares cercanos a mi casa.
¿Y porqué me vino el chiquito diciendo que Shita había vuelto? Que pasó un tiempo donde no se sabía nada de la perra. Si se había muerto, si la habían adoptado, tal vez la perra encontró su lugar, a menudo, sólo a menudo pienso en eso, porqué la gente va y viene en mi vida, acepto que mi memoria no tiene nada que ver, y que debo vivir con el presente. Yo le llamo sencillamente vivir, y tengo diez años, soy un niño, y no sé acabar la historia, además no tengo la menor intención de acabarla, levanto la malla por mí y por todos los compañeros, eso digo. Me niego a contarte esta historia.
¿Te he dicho que intento enfocar todo esto así? Que yo podría escribir todo, que lo podría explicar, dejando a un lector atento, buscando que va a pasar mañana. De que te contaría alguna cosa que dejara tu corazón pendiente de un hilo herido, pendiente de mí, y nada más
Hice versos, Pero el niño de hoy, le toca enfrentarse, no lo sabe, no sabe del precio.
Desde la acequia mayor, que rodea el pueblo, donde se vierten todos los canales que, una vez tocados, cambian la dirección del agua.
El chico, recorre esa acequia todos los días,
Y se gira como siempre pensando en la chica,
Al chico le dieron tortas dos tipos, un día,
Otra vez fue él, con su cartera de cuero, quien machacó el occipital del niño, con violencia, con su maleta de cuero,
Así las dan y así las tomas, don Tomás.
Y la niña ya tiene senos emergentes.
Y uno se pregunta de qué están hechos los senos,
Y porqué me enamoro sin saber.
Aquí se pega o te pegan, contínuamente
A mí no me faltó nunca un niño que quisiera darme una hostia, a veces dos.
Dos tontos.
Pero el chico va y viene, y no le queda odio ni tiempo para pensar en eso, los ve, no ha abandonado la ruta, y ocurre como siempre que los chicos le pegan. Él quizás está en vengarse alguna vez, por dignidad, pero ellos son francamente imbéciles y a él le aburre la venganza.
Tal vez lo hará algún día.
Algún día lo hará, no ahora, ahora solo está pensando como debe responder.
La venganza se sirvió fría, pero acabó conmigo en el hospital. Me decían porqué en vez de llorar no le había pegado. Pero mi mano sangraba incesante, me había clavado un boli en toda la vena, muñeca derecha, señal nueva, siempre perdiendo.
Así, el chico se fue mas allá del tiempo, que es una premisa despiadada, fue expulsado, del centro.
desapareció Shita, me vino un niño diciendo que Shita estaba siendo apedreada, en un huerto de albaricoqueros, cerca de mi casa.
Yo bajé hacia la huerta, la huerta de al fondo.
No precisamente sé que estaba de más ahí,
Sólo vi que ya nadie me quería,
Había un pino, un pino que para verlo tendrías que ver el cielo. Un pino como no habéis visto nunca,
y vi unos sádicos de mi edad, que, efectivamente estaban apedreando una perra, escondida en un túnel de riego.
La niña que me miró, ya no me mira, la de los ojos de antes, azules, ya no me mira.
Yo tuve miedo, lo pensé: no saber si yo podría dar la medida, lo que yo era capaz de ser. Sí, tuve miedo. Pero hoy me toca ganar una batalla, la visualizo, veo qué voy a hacer, son demasiadas pedradas por el camino. Había un pino, yo no sé porqué ese pino tan grande y tan alto, orientado al infinito me estaba dando leyes. De lo de la perra, de por qué las piedras no me daban, de porqué había un pino, pero no un pino pino cualquiera, sino un pedazo de pino muy alto, orientado al infinito,
No se sabe a qué leyes.
¡Te imaginas un pino que mira al infinito!
Cerca de ahí me pegué tantas veces,
Me hice fuerte y de respetar,
Pues aún recuerdo la última piedra en la frente,
Me la tiró un chico, se estila en aquel pueblo, que si tu le dices cualquier cosa que no le parezca conveniente, va y te coge una piedra del suelo y te la clava en la frente. Dos veces me pasó. Cuando él estaba machacado me regaló una de esas heridas, yo le había humillado mucho, pues soy chulo, no reniego de lo que soy, pero el malvado aún tenía una piedra cerca, la cogíó y me la clavó en la frente. Empecé a sangrar, vino un hombre y me dijo que no llorara, que no llorara, que lo había visto todo y que ese niño empleó una piedra, arte indigna, cuando todo eran tortas.
Yo lloraba,
Y es que Shita había parido una camada de tres perritos, otro más ya muerto por las piedras, y ella protegía con su lomo esa marabunta de riscos volando en aquella tubería. aquella tubería pensada para regar.
Cuando comprendí el suceso tomé las decisiones que contribuyen a armarme de chichones, aún me pregunto porqué, por qué lo hice, porqué lo hago, porqué quizás mañana me la juegue. Shita, Shita, mientras la miraba a los ojos , ella sale del túnel y ahora odia todo lo que está pasando, pero ella seguramente no seria perra salvaje, sino perra en contacto con el hombre. ella se calmó, y me miró diferente, mientras la miraba a los ojos, yo tenía tal vez diez años, más años que esa perra-loba furiosa que me enseñaba todos sus dientes, una haski siberiana, posiblemente mezclada con pastor alemán.
Aún la imagen de algún perro ahorcado entre los albaricoqueros
Aún perdura, perro muerto colgado, Me hizo fuerte de más,
Ya no tengo miedo, ahora he mirado tras la tubería, si, una perra pone su cuerpo para defender a su camada, ahora ya no tengo miedo.
Sí, no tengo miedo, he escogido dos piedras, algunas todavía vuelan a mi alrededor, pero hoy soy Chazán el Magnífico, y el último mohicano, y el capitán Trueno. mientras las consigo, dos piedras grandes, bien elegidas, no tenía miedo. Entiendo que puedo recurrir a varias que no entraron a la alcantarilla, pero yo ya no tenía miedo, quería dos piedras de verdad, no me dio tiempo a arrojarlas a nadie, los niños corrían, pues de pronto yo era Hércules amenazante, y no cabía sino matar o morir por la puta perra.
sábado, 30 de abril de 2011
A quien desapercibida pasas (A quien desapercibido pasas II)
A quien desapercibida pasas,
Sin orgullo ni egoísmo por el corazón de los hombres,
Llenando de poquitas cosas,
Esta inmensa ocupación que a veces es vivir,
A quien se bate por dignidad
Y da fé a los demás,
A la que lucha con su bastón
Arrugada por el tiempo,
Que siempre encuentra beso que dar y no la escuchan,
Que siempre cuenta,
Que nunca para.
Un canario cantarín y con sonrisa,
un poema azul
Que nunca para.
Un canario cantarín y con sonrisa,
un poema azul
insistiente y preciso sin parar de sonar a todas horas,
Erase una mujer casi insignificante,
poco importante,
una señora trabajadora aunque elegante.
Una muestra que demuestra con fina ironía,
que mucho lujo y aparato es mucha mentira,
Ella pasa casi desapercibida por la vida,
simplemente...
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